miércoles, 30 de noviembre de 2011

En busca del tiempo... y un paréntesis (o varios)



¿Dónde lo habré metido (estar, está en alguna parte, seguro)? Es que no lo tengo. Vamos a ver lo que sí tengo: dos hijos pequeños, G. y C., uno va al cole y el otro, a la guardería; claro, no son los mismo lugares, ello me convierte en feliz taxista. Sólo que mis conversaciones al volante no tienen como protagonista a Jiménez Losantos, Zapatero, Rajoy ni Rita Bárbara. No, más bien es un monólogo (pues no recibo muchas contestaciones, más allá de «sí», «no» o «prffffgggg») versado en: Dora la Exploradora (si no sabes quién es, no eres de este planeta. Insisto, aunque no tengas hijos, habrás visto a la repelente niñita y su inseparable y pervertido repelente mono de botas rojas), Buzz Lightyear o, agárrense los machos, la muerte (es lo que tiene la adolescencia precoz de un niño de tres años y medio).

Y todo esto a las 8.36 de la mañana, en un buen día, claro está, ah, y con el estómago vacío. Los días más acelerados, a las 8.53, no hay tiempo de tanto diálogo ni tanta muerte, es más: «Vamoooosss, vamoooosss, G., caminaaaa, que no llegamos ¿no has hecho pis? ¡Pero, G., te dije que hicieras antes de salir! ¿Y ahora por qué lloras, C.? ¡No, no tires la galleta al suelo. C.! ¡Mecachis en la mar, yastábieeeeen! ¿G. qué haces? ¡Levanta del suelo de párquin, que está asqueroso! ¡Hala, toma manchurrón de aceite en los pantalones! ¡Yo te mato (ay, mira, aquí sí que he hablado de la muerte)!».

Descargo al pequeñín en la guardería, lo deposito en brazos de su maestra, agarro al mayor, lo deposito en el asiento del coche una vez más. Me explico: para descargar al pequeño, a pesar de ser una operación que consume un minuto de reloj, cronometrado, hay que bajar previamente a ambos del coche, no vaya a ser que, mientras hago la descarga en la guardería, una legión de alienígenas me secuestre al mayor, o caiga un meteorito sobre el coche aparcado, u otra madre loca sin tiempo se estampe lateralmente contra mi coche justo por la puerta donde está sentado mi niño, o que a mi niño le dé por tragarse el freno de mano o que se atragante con sus propios mocos.

Bien, ahora ya sólo me queda un niño (ésta es como la canción esa en la que vas descontando perritos, ¿la conoces? ¿no? Algo falla en tu vida) Llego al colegio, aparco avanzando cual participante en el París-Dakar entre los demás padres... Y eso que G. va a un cole en el que no se fomenta la competitividad; eso será entre los niños, oiga, porque entre sus progenitores…. Luego entra al cole, agáchate (agacharse cuesta, amigos, hablen con mi espalda para más información), ayuda a descalzarse a G. (es que en el cole van a pinrel desnudo), ponle los calcetines de Spiderman, aunque están tiesos ya de la costra de roña que han acumulado durante la semana («los de Epídelman, mami, los del perrito, no; son feos»), entra a la clase, saluda, deja la fruta en el cesto, la servilleta (planchada, eso sí), la mochila en la percha, abraza, besa y no solo a tu hijo (es lo que tenemos las mujeres estupendas como yo, que los pelillos del bigote dejan pegados a los niños a tu cara como si estuviera forrada de velcro), sino a J., M., B. … ¡Cuánto amor (y con el estómago vacío)!

Todo esto con la lengua fuera, ya en el exterior (que en el colegio de G. no se llama patio) y… vaya, allá está G. la madre de Z. ¡Uy, qué cara…! ¡Qué ojeras! Me acerco:

-¿Qué tal G.?

-Estoy destrozada, anoche estuve cosiendo hasta las tantas (tiene una tienda on-line de ropa confeccionada por ella misma [vivalavida.cat])., además, L. (también tiene dos hijas) lleva dos semanas sin dormir bien, se despierta mucho… Encima la casa está hecha una mierda…

-Uy, pues nosotros tenemos la casa que se puede comer en el suelo.

-Qué suerte.

-Sí, se puede comer en el suelo, porque ya está toda la comida allí. Tienes desayuno, merienda y cena. Trocitos de cereal, pedacitos de manzana deshidratada, hamburguesa ya cortada... Copa, café y puro.

-¡Juas!

Y nos damos un beso y un gran abrazo. Nos pasamos la energía, nos decimos "te entiendo" con esa fuerza de oso que dan los achuchones. Salimos del colegio y seguimos con nuestro día a día. Felices, muy felices. ¡Qué divertido es todo con tanta acción, cómo entiendo ahora a Steven Seagal!

Muchas gracias

La foto

Amanecer desde la ventana del comedor con yema de dedo. Es la imagen que veo al despertar, esta belleza y las caras de mis tres amores, (mi compañero del alma y nuestros dos pequeños) todavía dormidos. El relato puede ser trepidante, pero la foto es el reflejo de la serenidad que me regala todo ese amor. (La yema de dedo no la edito porque es mi seña de identidad)


Asoma la patita


Buenas, soy la autora de La enciclopedia del cine, El planeta verde, El pececito que murió en su río y, qué sé yo, tantas otras obras inolvidables... bueno, inolvidables para mí, claro. Las escribí entre los ocho y los trece años, con una seguridad creativa que rayaba en la soberbia, con esa determinación que da la inocencia. La misma que me llevaba a pasar largos ratos (para desgracia del resto de mi familia) sentada en la taza del váter componiendo mentalmente (entre tanta descomposición física) grandes sinfonías. "¡Tatataáaaa, tatataáaaa!" "Maravilloso -pensaba-, ¿cómo es posible que no se le haya ocurrido a Mozart?". Lo mismo escribía una novela épica, que componía un musical (sí, también me atreví a hacerle la competencia a A. Lloyd Webber), que pintaba una obra maestra (la cual acababa, indefectiblemente, pegada con moco en la pared de mi cuarto).
Un día plagié, sin rubor alguno, un poema de Nicolás Guillén titulado Un son para niños antillanos y se lo leí a mi madre con el orgullo de tener entre mis manos la creación definitiva, la obra magna de una niña de siete u ocho años. Mi madre... ¡Esa gran actriz! Fingió a las mil maravillas estar escuchándolo por primera vez. Días después, tal vez meses (qué elástica es la memoria), me planté ante ella y le pregunté: "Mami, ¿qué tengo que estudiar para ser escritora?". Sinceramente, no recuerdo su contestación.
¿No dijo alguien que lo importante era hacerse preguntas más que encontrar las respuestas? Pues sí, tenía mucha razón. Lo que sí recuerdo es que mi madre me alentó siempre, siempre aplaudió mis poemas, mis programas radiofónicos, mis piezas teatrales, toda la producción de mi churrería literaria. Y buscando y buscando, anhelando y anhelando, he llegado a ser lo que siempre quise: escritora. Escritora traidora. Traslado al papel las palabras de otros, les hago hablar en un idioma del que sólo balbucean términos como "pael.la", "sangría", "torros", "torrero" y "Javierr Barrdem" (exagero, claro, algunos también saben decir Penélopi Crus). ¿Y qué estudié? Primer año de Filología inglesa, los apuntes fotocopiados de L. M. (gran amiga y traductora) y algunas cosillas más de Traducción e Interpretación.
¡Oh, queridos y queridas!, aquí llega la parte del outing (que por cierto significa "sacar a otro del armario"; entiéndase como se prefiera), el salto mortal sin red desde las alturas de un ropero creativo abierto de par en par. La caída no es muy grande, para qué exagerar, no es un gran paso para el hombre ni para la humanidad, pero es divertido y sincero (que no honesto, recurriendo a la aclaración de Salvador de Madariaga, que eso sería de cintura para abajo). Y ¿por qué aquí?, ¿por qué ahora? Son ya treinta y seis años de creación en la sombra, de producción cobarde, de repetir el mantra "Vero, escribe, Vero, escribe" tantas veces que se ha convertido en "Veroescriveroescriveroescri". Y me he dicho: "Oye, sal ya de ahí, anda". Eso es todo.
Y ahora tendría que poner algunas palabras de cebo, etiquetas de esas, para los incautos que navegan sin rumbo por la red. Allá van: sexo, tetas, Osama Bin Laden (ésta igual está un poco en desuso), jerbo (sí, amiguetes, con esta seguro que pican) y vicecanciller Rajoy. Aunque no sé si funcionará para que algún despistado pase por aquí, porque no me he leído las instrucciones de esta máquina. Sea como fuere, si estás leyendo, gracias, y que usted lo pase bien.

La foto
La hermosa mujer de la imagen es mi primer armario, el que tenía piscina climatizada incorporada; es mi madre. Qué bella y sonriente, cómo sabía que portaba en su seno a otra divertida persona dispuesta a competir con Mozart desde el retrete o tal vez estaba pensando: "Por favor, que salte ya el disparador de la cámara, que no me aguanto más..." En cualquier caso, esta foto es mi humilde homenaje, en este texto de destape, a la persona sin la cual este premio jamás habría sido posible (si me permitís el momento Oscar): gracias, mami, te quiero mucho.