¿Dónde lo habré metido (estar, está en alguna parte, seguro)? Es que no lo tengo. Vamos a ver lo que sí tengo: dos hijos pequeños, G. y C., uno va al cole y el otro, a la guardería; claro, no son los mismo lugares, ello me convierte en feliz taxista. Sólo que mis conversaciones al volante no tienen como protagonista a Jiménez Losantos, Zapatero, Rajoy ni Rita Bárbara. No, más bien es un monólogo (pues no recibo muchas contestaciones, más allá de «sí», «no» o «prffffgggg») versado en: Dora la Exploradora (si no sabes quién es, no eres de este planeta. Insisto, aunque no tengas hijos, habrás visto a la repelente niñita y su inseparable y pervertido repelente mono de botas rojas), Buzz Lightyear o, agárrense los machos, la muerte (es lo que tiene la adolescencia precoz de un niño de tres años y medio).
Y todo esto a las 8.36 de la mañana, en un buen día, claro está, ah, y con el estómago vacío. Los días más acelerados, a las 8.53, no hay tiempo de tanto diálogo ni tanta muerte, es más: «Vamoooosss, vamoooosss, G., caminaaaa, que no llegamos ¿no has hecho pis? ¡Pero, G., te dije que hicieras antes de salir! ¿Y ahora por qué lloras, C.? ¡No, no tires la galleta al suelo. C.! ¡Mecachis en la mar, yastábieeeeen! ¿G. qué haces? ¡Levanta del suelo de párquin, que está asqueroso! ¡Hala, toma manchurrón de aceite en los pantalones! ¡Yo te mato (ay, mira, aquí sí que he hablado de la muerte)!».
Descargo al pequeñín en la guardería, lo deposito en brazos de su maestra, agarro al mayor, lo deposito en el asiento del coche una vez más. Me explico: para descargar al pequeño, a pesar de ser una operación que consume un minuto de reloj, cronometrado, hay que bajar previamente a ambos del coche, no vaya a ser que, mientras hago la descarga en la guardería, una legión de alienígenas me secuestre al mayor, o caiga un meteorito sobre el coche aparcado, u otra madre loca sin tiempo se estampe lateralmente contra mi coche justo por la puerta donde está sentado mi niño, o que a mi niño le dé por tragarse el freno de mano o que se atragante con sus propios mocos.
Bien, ahora ya sólo me queda un niño (ésta es como la canción esa en la que vas descontando perritos, ¿la conoces? ¿no? Algo falla en tu vida) Llego al colegio, aparco avanzando cual participante en el París-Dakar entre los demás padres... Y eso que G. va a un cole en el que no se fomenta la competitividad; eso será entre los niños, oiga, porque entre sus progenitores…. Luego entra al cole, agáchate (agacharse cuesta, amigos, hablen con mi espalda para más información), ayuda a descalzarse a G. (es que en el cole van a pinrel desnudo), ponle los calcetines de Spiderman, aunque están tiesos ya de la costra de roña que han acumulado durante la semana («los de Epídelman, mami, los del perrito, no; son feos»), entra a la clase, saluda, deja la fruta en el cesto, la servilleta (planchada, eso sí), la mochila en la percha, abraza, besa y no solo a tu hijo (es lo que tenemos las mujeres estupendas como yo, que los pelillos del bigote dejan pegados a los niños a tu cara como si estuviera forrada de velcro), sino a J., M., B. … ¡Cuánto amor (y con el estómago vacío)!
Todo esto con la lengua fuera, ya en el exterior (que en el colegio de G. no se llama patio) y… vaya, allá está G. la madre de Z. ¡Uy, qué cara…! ¡Qué ojeras! Me acerco:
-¿Qué tal G.?
-Estoy destrozada, anoche estuve cosiendo hasta las tantas (tiene una tienda on-line de ropa confeccionada por ella misma [vivalavida.cat])., además, L. (también tiene dos hijas) lleva dos semanas sin dormir bien, se despierta mucho… Encima la casa está hecha una mierda…
-Uy, pues nosotros tenemos la casa que se puede comer en el suelo.
-Qué suerte.
-Sí, se puede comer en el suelo, porque ya está toda la comida allí. Tienes desayuno, merienda y cena. Trocitos de cereal, pedacitos de manzana deshidratada, hamburguesa ya cortada... Copa, café y puro.
-¡Juas!
Y nos damos un beso y un gran abrazo. Nos pasamos la energía, nos decimos "te entiendo" con esa fuerza de oso que dan los achuchones. Salimos del colegio y seguimos con nuestro día a día. Felices, muy felices. ¡Qué divertido es todo con tanta acción, cómo entiendo ahora a Steven Seagal!
Muchas gracias
La foto
Amanecer desde la ventana del comedor con yema de dedo. Es la imagen que veo al despertar, esta belleza y las caras de mis tres amores, (mi compañero del alma y nuestros dos pequeños) todavía dormidos. El relato puede ser trepidante, pero la foto es el reflejo de la serenidad que me regala todo ese amor. (La yema de dedo no la edito porque es mi seña de identidad)
