
En ocasiones, la realidad nos regala momentos que ha robado de algún libro...
Ahí estaba Eduardo, a la espera de su amigo Aurelio, como cada viernes. El bueno de Aurelio, un tipo setentón, sin más interés que el de ayudarlo a conectar con el mundo exterior a través de Internet. No era un tipo pesado, ni especialmente parlanchín. No era un tipo maloliente, de esos que rechaza hasta el más solitario, ni tenía una carpetilla llena de pleitos contra el mundo entero. Tampoco portaba una minicámara digital con la que registrar todos los agravios con los que una sociedad supuestamente hostil lo atacaba.
No, Aurelio era un hombre feliz, casado con su querida Florita hacía ya cuarenta años, con tres hijos, retirado, sano, en fin, un hombre alegre. Había sido profesor y ahora dedicaba sus días, entre otras actividades, a impartir clases de ofimática a invidentes y jubilados. Y es que Florita era ciega y Aurelio siempre decía que ese era el secreto de su largo matrimonio.