miércoles, 14 de diciembre de 2011

La China, segunda parte




Una vez más, Eduardo llegó a casa contando: "Un, dos, tres escalones. Abro la puerta; hay una persona."
-Buenas tardes.
-Eduardoooo, cómooo estáass.
Sin duda alguna, era la señora Ofelia. Otra de tantas que pensaba que la ausencia de visión era una afección del oído.
-Buenas tardes, señora Ofelia.
-Mañaaaana te compro el cupón, que ya es vierneeees.
Viernes, mañana ya era viernes. Qué bien, por fin algo de tiempo libre en casa. Sin tener que ir al kiosko, sin tener que salir a la calle. La semana resultaba agotadora desde que trabajaba para la ONCE. Se sentía muy agradecido, pero nadie imaginaba lo duro que era estar ahí metido recibiendo la visita de desconocidos, muchos de los cuales se dirigían a él como si de una máquina expendedora de boletos se tratase, "acabado en cuatro", a gritos y sin fórmulas de cortesía mediante. Pero él no se quejaba, jamás había protestado en voz alta sobre el tema.
Vender cupones dentro de una caseta era mejor que no vender nada o venderlo acomodado en una silla enclenque en plena acera, como en una playa situada en el lugar menos apropiado.

La foto
Blind beach (playa ciega), California. Foto de Jerry Dodrill (thanks, Jerry)

3 comentarios:

  1. Sí, sí, uno enterito. Aunque Oso no nos engañemos así en dosis pequeñitas tenemos garantías de leerlo..., y no lo digo porque un libro no nos pueda enganchar...

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